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miércoles, 2 de septiembre de 2020

BREVE HISTORIA DE LA ECONOMIA

 


¿Por qué la Economía es una Ciencia?  Tradicionalmente se define la Economía como la ciencia que estudia la asignación más conveniente de los recursos escasos de una sociedad para la obtención de un conjunto ordenado de objetivos.

Es una ciencia porque utiliza la metodología científica y así poder llegar a sus resultados y conclusiones. La metodología es una palabra que designa la investigación de los conceptos, teorías y principios básicos de razonamiento de una determinada parcela del saber.

La metodología de la Economía, es la aplicación a la Economía de la filosofía de la ciencia en general. La Economía se dedica al estudio del comportamiento humano y, por tanto, invoca como causas de las cosas a las razones y motivos que mueven a los agentes humanos. Logra proporcionar teorías deductivas rigurosas sobre las acciones humanas.

La Economía es una Ciencia Social. Con rasgos diferenciadores, es similar a otras ciencias como, por ejemplo, las de la naturaleza, ya que todas ellas utilizan la metodología científica que consiste en la construcción de modelos teóricos basados en supuestos e hipótesis con la ayuda de las reglas de la lógica deductiva, para deducir implicaciones o conclusiones.

Éstas pueden ser contrastadas con los hechos del mundo real, y lo más importante, pueden ser falsas, y esto es lo que diferencia a las investigaciones científicas de las que no lo son. 

La Economía como Ciencia Económica, utiliza dos tipos de proposiciones: positivas y normativas. Únicamente las primeras tienen carácter estrictamente científico, positivo. Se caracterizan por referirse a lo que es, a lo que ocurre, es decir, a lo que puede ser confrontado con la realidad.

Las proposiciones normativas se refieren a lo que debería ser, llevan incorporadas juicios de valor y, por tanto, en principio no son contrastables con los hechos. 

La Economía como Ciencia, nace en 1776 con la publicación de la obra de Adam Smith "La riqueza de las naciones". La filosofía de Smith es un puro reflejo del espíritu de aquella época, ya que creía en el orden newtoniano de la naturaleza, es decir, en un universo mecanicista cuya organización armoniosa y benéfica prueba la sabiduría y la bondad de su Creador.


En La riqueza de las naciones, Smith intenta conciliar la nueva ciencia de la economía política en un universo newtoniano, mecánico y, al mismo tiempo, armónico y benéfico, en el que la sociedad se beneficia de las no intencionadas consecuencias de la búsqueda del interés particular de cada persona. Smith se convirtió en el profeta de la sociedad comercial del capitalismo moderno, fundiendo el liberalismo político de Locke con su propio liberalismo económico en el que la iniciativa privada, motivada por las ganancias, propulsó las innovaciones tecnológicas de la revolución industrial, de una manera independiente a la intervención del gobierno. 

Las doctrinas de la escuela de los economistas clásicos, Malthus, David Ricardo y John Stuart Mill, en esencia se construyeron sobre las ideas de Smith. Escuela que presidió la historia de la economía  durante los ciento cincuenta años que siguieron a la publicación de La riqueza de las naciones, hasta la gran catástrofe económica de la Gran Depresión. Época en que comenzó a debilitarse la creencia en la capacidad de ajuste automático de las economías, basada en el "laissez faire" y en la Ley de Say. 

Los principios de los clásicos contrastaban con las anteriores tendencias del pensamiento económico. Los medievales se habían inclinado hacia la caridad, como forma de resolver el problema económico. Los mercantilistas habían exaltado la prosecución de la ganancia nacional y habían visto en ella la llave del poder y de la abundancia. Los fisiócratas, habían dado la máxima importancia a la reconstrucción de la agricultura, como forma de vencer a la escasez y a la pobreza. Smith pidió la puesta en práctica del laissez faire, es decir, de un sistema de libertad natural, como el medio mejor para conseguir la riqueza de las naciones. Los individuos podían buscar su propio interés particular, pero independientemente de sus intenciones, un orden providencial tendería a transformar el afán por el interés privado en un instrumento al servicio del interés de la sociedad.

Posteriormente, hubo escritores que vieron en la competencia una lucha en el sentido de un darwinismo social, con la supervivencia del más apto, y no la autorrealización del individuo.  Durante el siglo XIX, la escuela clásica se enfrentó con tres desafíos, el primero fue el de la escuela histórica, el segundo el de los socialistas y el tercero el de los marginalitas o economistas de la utilidad marginal de la década de 1.870, pero sobrevivió a los ataques de los economistas históricos y al de los socialistas.


Fue ya en el siglo XX con John Maynard Keynes y su protesta hacia el laissez faire, lo que hizo tambalear a todo el edificio de la economía clásica. A raíz de la Gran Depresión de los años 30s, Keynes escribió La Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, publicada en 1.936.

En aquel entonces la posibilidad de los gobiernos para intervenir en las economías era sumamente bajo, y no alto como actualmente sucede en muchos de los países desarrollados. Gracias a las políticas Keynesianas llevadas a la práctica, las economías de los países industrializados experimentaron un crecimiento rápido y sostenido, pero a partir de los años 60s comenzaron a experimentarse algunos de los problemas derivados de la aplicación de estas políticas económicas: la aparición de la inflación. 

¿Cuáles fueron los efectos de aquella semana negra en Nueva York? En los años 20s del siglo XX, el mundo occidental vivió un auge extraordinario, a partir de septiembre de 1.929, las cotizaciones bursátiles de los valores se desplomaron. Este fenómeno dio paso a una tremenda caída de la producción industrial, es decir, a un derrumbamiento del PIB real y a un espectacular aumento del desempleo.

De aquí el fenómeno denominado Gran Depresión. Así fue como el modelo clásico de corrección y ajuste automáticos daba muestras de no funcionar. ? Habría sobrevivido el sistema de mercado de no haber intervenido los gobiernos en la actividad económica? Probablemente no, habría sido el fin del capitalismo como Marx predijo. Y si hubiera funcionado lo habría hecho a gran lentitud y a un plazo demasiado largo como para ser soportado por las sociedades democráticas occidentales.


¿No les está ocurriendo lo mismo a los países en vías de desarrollo con la globalización?  El problema económico central es el de la satisfacción de las necesidades siendo los recursos escasos, que desemboca en otro problema de asignación óptima de los mismos, es decir, en la eficiencia. El segundo problema central es el de la distribución de la renta, que además de ser un problema técnico-económico, es una cuestión que engloba otras de tipo social e incluso morales y que desemboca en un problema de justicia o equidad de dicha distribución. Este último no hay que olvidarlo a la hora de diseñar las políticas económicas neoliberales por parte de todos los gobiernos....


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miércoles, 5 de agosto de 2020

ADAM SMITH (1723-1790)

 



Economista y filósofo escocés. Es el fundador de la economía política. Analiza la ley del valor y enuncia la problemática de la división de clases.

Adam Smith considera el capitalismo como el estadio natural de las relaciones sociales. De hecho, fundó el liberalismo económico. En su obra principal "Investigaciones sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones" el laissez faire aparece como el motor del progreso económico.

 


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EL PADRE DE LA ECONOMÍA POLÍTICA

Adam Smith nació en 1723 en Escocia. Su padre, juez y oficial de aduanas, murió al nacer él. Su madre lo educó en Kilcardy. A los catorce años entró en la Universidad de Glasgow, donde tomó contacto con Francis Hutcheson, que también había sido profesor de David Hume. Hutcheson tuvo mucha influencia sobre Smith y le debe en gran parte sus ideas sobre la libertad política.

En 1740, Adam Smith ganó una beca para Oxford, pasando los años siguientes en el Balliol College. Oxford estaba en decadencia y, a pesar de que recibió poca educación formal, hizo un buen uso de su tiempo y leyó mucho.

En 1747 volvió a Kilcardy y, poco después, empezó a dar clases en la Universidad de Edimburgo. Pocos años después fue nombrado catedrático de Lógica de la Universidad de Glasgow, pasando a la Cátedra de Filosofía Moral cuando quedó vacante en 1752.

Sus clases en Glasgow dieron lugar a una de sus principales obras, The Theory of Moral Sentiments, que se publicó en 1759. Este libro tuvo mucho éxito y fue a parar a manos de Charles Townshend, el político, que quedó tan impresionado, que ofreció a Adam Smith el cargo de tutor del joven duque de Buccleuch. Smith aceptó la oferta, dimitió de su cátedra en 1764, iniciando un gran viaje alrededor de Europa con el duque.

En Toulouse desarrolló parte de sus conferencias de Glasgow; este fue el inicio de su obra principal, An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations.

Volvió a Gran Bretaña en 1766, retirándose a Kilcardy para revisar y terminar su obra. Se publicó finalmente en 1776, y le valió una gran fama. El libro fue esencialmente, un estudio de la creación de la riqueza. De por sí no representaba nada nuevo, puesto que el tema ya había preocupado a los mercantilistas y a los fisiócratas, pero, mientras que los primeros creyeron que la riqueza derivaba de una balanza comercial favorable y los segundos de la tierra, Smith sostuvo que la riqueza procedía del trabajo.

Empezó con la celebrada descripción del trabajo que incrementa la riqueza debido a que aumenta la destreza de la fuerza de trabajo, ahorra tiempo, y permite el empleo de ingenios mecánicos. Los límites de la división del trabajo vienen determinados por el tamaño del mercado y del "stock de capital".

El problema del crecimiento económico lo desarrolló en su famoso Libro IV, en el cual Smith adelantó la tesis de que la libertad dentro de una sociedad llevaría a la máxima riqueza posible. En muchos sentidos, el argumento se basa en The Theory of Moral Sentiments, debido a que la armonía social que exponía dependía, en muchos sentidos, del delicado equilibrio de los motivos en conflicto del hombre. La búsqueda para satisfacer el propio interés beneficiaría a toda la sociedad y estará limitado por el propio interés en el prójimo. Los productores intentan obtener el máximo beneficio pero, para lograrlo, deben producir los bienes que desea la comunidad. Además, deben producirlos en las cantidades adecuadas, de lo contrario, un exceso daría lugar a un beneficio y precio bajo, mientras que una oferta demasiado pequeña originaría un aumento del precio y finalmente un aumento de la oferta.

El delicado mecanismo de la "mano invisible" entraba en juego también en el mercado de los factores de producción, asegurando la armonía siempre que los factores buscaran las rentas máximas posibles. Se producirían los bienes adecuados a los precios adecuados y el conjunto de la comunidad obtendría la máxima riqueza posible mientras rigiera la libre competencia; sin embargo, si se restringiese la libre competencia, la "mano invisible" dejaría de funcionar y la sociedad cargaría con las consecuencias.

El éxito inmediato del libro se debió a su brillante sistematización del pensamiento económico alrededor del concepto central de los mercados, y en la justificación intelectual que proporcionaba a los nuevos industriales que estaban interesados en librar a Gran Bretaña de los controles mercantilistas. En un corto tiempo, La Riqueza de Las Naciones entró en las estanterías de los políticos y economistas proporcionando el código del comportamiento económico que sirvió a Gran Bretaña durante la mayor parte del siglo siguiente, y cuyas brillantes perspectivas únicamente quedaron paliadas por las predicciones lúgubres del reverendo Thomas Malthus y David Ricardo. Adam Smith "persuadió a su propia generación y gobernó a la siguiente".

En 1987, Praeger de N. Y. publicó su libro «INFLATION IN LATIN AMERICAN». Artículos suyos han sido publicados en Freeman, Journal of Economic Growth, LIBERTAS, y Revista Occidental. En Enero de 1990 se dio a conocer su traducción del libro «Adam Smith: El Hombre y sus Obras», escrito por E. West.

EL MODELO SMITHIANO

Por Julio H. Cole

Adam Smith, autor de una Investigación Acerca de la Naturaleza y Causas de La Riqueza de las Naciones [1776], es universalmente reconocido como el «padre» de la moderna ciencia económica. En esta su obra maestra, Smith trató de explicar los factores que determinan el progreso económico, y las medidas que podrían tomarse para crear un ambiente favorable para el crecimiento económico sostenido. Más aún, los principales elementos de su teoría aún forman la base para las discusiones mas recientes sobre el tema, y sus recomendaciones para la política económica siguen siendo relevantes para nuestra época.

Según Adam Smith, tanto el nivel del ingreso real per cápita como su tasa de crecimiento dependen esencialmente de «la aptitud, destreza y sensatez con que generalmente se ejercita el trabajo», es decir, de lo que hoy en día llamaríamos la «productividad laboral». A su vez, Smith atribuía las diferencias internacionales e intertemporales en la productividad a diferencias en el grado de «división del trabajo». Para ilustrar los efectos de una mayor y más fina división del trabajo, Smith recurre al ejemplo de una manufactura «de poca importancia»: la industria de alfileres. Aún hoy en día no puede dejar de maravillarnos la siguiente relación:

«Un obrero que no haya sido adiestrado en esa clase de tarea,...por más que trabaje, apenas podría hacer un alfiler al día, y desde luego no podría confeccionar más de 20. Pero dada la manera como se practica hoy día la fabricación de alfileres, no sólo la fabricación misma constituye un oficio aparte, sino que esta dividida en varios ramos, ... Un obrero estira el alambre, otro lo endereza, un tercero lo va cortando en trozos iguales, un cuarto hace la punta, ...En fin, el importante trabajo de hacer un alfiler queda dividido de esta manera en unas 18 operaciones distintas, ...He visto una pequeña fábrica de esta especie que no empleaba mas de diez obreros, donde, por consiguiente, algunos tenían a su cargo dos o tres operaciones. Pero a pesar de que eran pobres y, por lo tanto, no estaban bien provistos de la maquinaria debida, podían, cuando se esforzaban, hacer entre todos, diariamente, unas doce libras de alfileres. En cada libra había más de 4,000 alfileres de tamaño mediano. Por consiguiente, estas diez personas podían hacer cada día, en conjunto, más de 48,000 alfileres, cuya cantidad dividida entre diez correspondería a 4,800 por persona». 

Hoy en día la comparación seria aún más dramática, ya que se estima que la producción por empleado en la fabricación de alfileres usando tecnología moderna es de 800,000 alfileres diarios, y en términos de producción por hora de trabajo el incremento es aún mayor, puesto que la jornada laboral es ahora más corta que en tiempo de Adam Smith.

¿A qué se debe este fantástico incremento en la productividad del trabajo? Smith lo explica en términos de tres factores básicos:

 «[Primero] de la mayor destreza de cada obrero en particular; segundo, del ahorro de tiempo que comúnmente se pierde al pasar de una ocupación a otra, y por último, de la invención de un gran número de máquinas, que facilitan y abrevian el trabajo, capacitando a un hombre para hacer la labor de muchos».

Por otro lado, un factor que limita la división del trabajo es la disponibilidad de capital, ya que para lograr un mayor grado de división del trabajo es necesario proporcionarle a la fuerza laboral más (y mejores) herramientas y maquinarias para llevar a cabo la producción:

«Así como la acumulación de capital, ... debe preceder a la división del trabajo, de la misma manera, la subdivisión de éste sólo puede progresar en la medida en que el capital haya ido acumulándose previamente».

Otro factor que limita la división del trabajo en un lugar y momento determinados es el tamaño del mercado:

«Así como la facultad de cambiar motiva la división del trabajo, la amplitud de esta división se halla limitada por la extensión del mercado. Cuando éste es muy pequeño, nadie se anima a dedicarse por entero a una ocupación, por falta de capacidad para cambiar el sobrante del producto de su trabajo, en exceso del consumo propio, por la parte que necesita de los resultados de la labor de otros».

Esta proposición es de la mayor importancia para entender los aspectos dinámicos del crecimiento económico. Por estas mismas razones, las restricciones al comercio internacional tendrán efectos adversos sobre la productividad, ya que necesariamente limitan el tamaño del mercado, impidiendo la división internacional del trabajo. En cambio, el comercio libre y abierto tiene el efecto opuesto:«Gradas al comercio exterior, la limitación del mercado doméstico no impide que la división del trabajo sea llevada hasta su máxima perfección».

Por último, un entorno legal y político favorable puede contribuir significativamente a incrementar el flujo de inversiones productivas. Por tanto, el problema del desarrollo económico es para Smith en última instancia un problema institucional: ¿cuál es el «sistema» que mejor garantiza el pleno desenvolvimiento del potencial económico de una nación? Sabemos, por supuesto, que Smith era decidido defensor del comercio libre en el plano internacional, ya que de esta forma se incrementaba la productividad nacional al ampliarse la extensión del mercado. En el plano doméstico, Smith también generalmente favorecía una política de mínima intervención del gobierno en el mercado:

«Proscritos enteramente todos los sistemas de preferencia o de restricciones, no queda sino el sencillo y obvio sistema de la libertad natural, que se establece espontáneamente y por sus propios méritos. Todo hombre, con tal que no viole las leyes de la justicia, debe quedar en perfecta libertad para perseguir su propio interés como le plazca, dirigiendo su actividad e invirtiendo sus capitales en concurrencia con cualquier otro individuo o categoría de personas. El Soberano se verá liberado completamente de un deber, cuya prosecución forzosamente habrá de acarrearle numerosas desilusiones, y cuyo cumplimiento acertado no puede garantizar la sabiduría humana ni asegurar ningún orden de conocimiento, ..., a saber, la obligación de supervisar la actividad privada, dirigiéndola hacia las ocupaciones más ventajosas a la sociedad».

La acción espontánea del mercado generalmente producirá una asignación óptima de los recursos, maximizando por tanto el bienestar de la sociedad entera, aún cuando ésta no sea la intención de los individuos involucrados:

«Ahora bien, como cualquier individuo pone todo su empeño en emplear su capital en sostener la industria doméstica, y dirigirla a la consecución del producto que rinde más valor, resulta que cada uno de ellos colabora de una manera necesaria en la obtención del ingreso anual máximo para la sociedad. Ninguno se propone, por lo general, promover el interés público, ni sabe hasta qué punto lo promueve... pero en éste como en otros muchos casos, es conducido por una mano invisible a promover un fin que no entraba en sus intenciones».

Por otro lado, pretender asignar los recursos por medio de un plan deliberado requeriría mayores conocimientos que los que puede disponer cualquier individuo. Es más, la mera presunción de poder hacerlo lo descalifica para el efecto:

«El gobernante que intentase dirigir alos particulares respecto de la forma de emplear sus respectivos capitales, tomaría a su cargo una empresa imposible, y se arrogaría una autoridad que no puede confiarse prudentemente ni a una sola persona, ni a un senado o consejo, y nunca sería más peligroso ese empeño que en manos de una persona lo suficientemente presuntuosa e insensata como para considerarse capaz de tal cometido».

De hecho, existe un elemento falso y hasta ridículo en la noción de un gobernante que pretende administrar la economía de su pueblo.

«Es una vana presunción que sus príncipes y ministros pretendan velar sobre la economía de aquellos pueblos,..., cuando los más poderosos son los más pródigos de la sociedad. Velando aquellos sobre sus propios gastos, puede esperarse que sin otra diligencia contengan los suyos los particulares. ¡Si su propia extravagancia no arruina al Estado, nunca lo logrará la de los súbditos!».

Por último, el hecho es que las más de las veces el progreso de la sociedad no se ha logrado como consecuencia de las intervenciones de los gobernantes, sino en todo caso a pesar de ellas:

«Las grandes naciones nunca se empobrecen por la prodigalidad o la conducta errónea de algunos de sus individuos, pero sí caen en esa situación debido a la prodigalidad y disipación de los gobiernos... «Aquel esfuerzo del hombre, constante, uniforme e ininterrumpido por mejorar de condición, que es el principio a que debe originariamente su opulencia el conjunto de una nación..., es capaz, por regla general, de sostener la propensión natural de las cosas hacia su adelanto, a pesar de los gastos excesivos del Gobierno y de los errores de la administración; al igual que el desconocido principio vital restituye casi siempre la salud y el vigor, no sólo a posar de las enfermedades, sino de las absurdas prescripciones de los doctores».

La teoría de Smith fue revolucionaria en su época porque contradecía directamente las doctrinas «mercantilistas» que predominaban entonces. En la actualidad aún sobreviven remanentes de estas políticas, y que se siguen justificando con los mismos obsoletos argumentos.

El «Mercantilismo» era una doctrina que favorecía la extensa regulación de la actividad económica con vistas a la promoción de ciertos intereses «nacionales». Uno de los supuestos básicos de los mercantilistas era que toda política económica debía evaluarse en función de su efecto sobre la provisión nacional de metales preciosos. (Debe recordarse que en esa época la masa monetaria aún consistía principalmente de dinero metálico). En ausencia de minas de oro y plata domésticas, el objetivo primario de la política comercial debía ser el de lograr el mayor exceso de exportaciones sobre importaciones posible (esto es, una balanza comercial «favorable»), siendo éste el único medio de incrementar la provisión de metales preciosos. Para lograr una balanza comercial favorable debían fomentarse las exportaciones y/o restringirse las importaciones por medio de intervenciones del gobierno diseñadas y administradas para el efecto.

Las criticas de Smith a las doctrinas y políticas mercantilistas proceden sobre varios frentes. En primer lugar, la teoría y práctica del mercantilismo eran incompatibles con su propio modelo de crecimiento, que se basaba en el funcionamiento del mercado libre. Más concretamente, en el modelo smithiano las restricciones al comercio libre limitan la extensión del mercado, y por tanto el grado de división del trabajo, que es la fuente última del crecimiento económico.

Sin embargo, Smith no se limitó a criticar a los mercantilistas en términos de su propio marco conceptual, sino que también atacó duramente las bases mismas de la doctrina, empezando por la errónea identificación de «dinero» y «riqueza»: «Sería cosa ridícula en extremo empeñarse en probar seriamente que la riqueza no consiste en dinero, o en la plata y el oro, sino en lo que se compra con el dinero, y que éste sólo vale en cuanto compra». El hecho es que «dinero» y «riqueza» son realmente dos cosas diferentes, y un incremento en la cantidad de dinero no constituye en sí mismo un incremento en la riqueza real del país. El caso del descubrimiento de América es ilustrativo a este respecto. Este evento fue de la mayor importancia para Europa, según Smith, pero no debido al influjo de metales preciosos que ocasionó, sino más bien por la tremenda ampliación de los mercados a que dio lugar.

El ataque prosigue inmisericorde. Las doctrinas mercantilistas no sólo están basadas en errores conceptuales, sino que violan flagrantemente el más elemental sentido común:

«Lo que es prudencia en el gobierno de una familia particular, raras veces deja de serlo en la conducta de un gran reino. Cuando un país extranjero nos puede ofrecer una mercancía en condiciones más baratas que nosotros podemos hacerla, será mejor compararla que producirla, dando por ella parte del producto de nuestra propia actividad económica, y dejando a ésta emplearse en aquellos ramos en que saque ventaja al extranjero».

Por último, los mercantilistas confunden fines y medios, tomando la «actividad económica» como un fin en sí mismo, olvidando que en última instancia el propósito final de toda actividad económica es la satisfacción de las necesidades humanas:

 

«El consumo es la finalidad exclusiva de la producción, y únicamente se deberá fomentar el interés de los productores cuando ello coadyuve a promover el del consumidor. El principio es tan evidente por sí mismo que no merece siquiera la pena de tomarse el trabajo de demostrarlo. Pero, con arreglo a las máximas del sistema mercantil, el interés del consumidor se sacrifica constantemente al del productor, y pretende considerar la producción, y no el consumo, como si fuera el objeto y finalidad de toda la industria y de todo el comercio».

 

«Esperar que en la Gran Bretaña se establezca enseguida la libertad de comercio es tanto como prometerse una Oceana o una Utopía. Se oponen a ello, de una manera irresistible, no sólo los prejuicios del público, sino los intereses privados de muchos individuos».

Difícil sería predecir si el futuro eventualmente justificará este pesimismo o no. No caben dudas, sin embargo, que en la medida en que se han aplicado en la práctica los principios smithianos, en esa medida se ha fomentado también el desarrollo económico de los pueblos. La evidencia histórica es abrumadora a este respecto. El espectacular desarrollo de la Revolución Industrial en Inglaterra durante el siglo XIX, por ejemplo, se debió en buena medida a la aplicación de dichos principios.

En este siglo XX la demostración más elocuente de la validez del análisis smithiano lo constituyen las dramáticas diferencias que se observan en el desempeño de los países subdesarrollados. En el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, algunos de estos países adoptaron políticas de desarrollo que se pueden describir como «orientadas hacia adentro», esto es, protegiendo sus industrias domésticas por medio de barreras arancelarias y otras restricciones a la importación, medidas que introducen un sesgo en contra de la exportación y en favor de la «sustitución de importaciones». El otro grupo de países, menos numeroso y ejemplificado principalmente por Corea del Sur y Taiwan, adoptó políticas orientadas «hacia afuera», integrándose al mercado mundial y abriendo sus economías domésticas a las fuerzas de la competencia internacional.

Es bien sabido, por supuesto, que los resultados obtenidos se inclinan enormemente en favor del segundo grupo de países. En efecto, estos países no sólo evitaron los problemas del «desarrollo hacia adentro», sino que participaron más plenamente de los beneficios que proporciona el comercio internacional: mejor asignación de recursos, y un uso más intensivo de la mano de obra doméstica. Puesto que los mercados domésticos de los países sub-desarrollados son muy pequeños, la participación en el comercio internacional les permite trascender las limitaciones de sus mercados internos para aprovechar economías de escala y utilizar plenamente su capacidad instalada. Por último, al generar mayores ingresos, la participación en el comercio internacional también tiende a incrementar el ahorro doméstico, proporcionando los recursos necesarios para financiar futuras inversiones.

Las lecciones son bastantes claras: el espectacular crecimiento de Corea, Taiwan, y otros países asiáticos es prueba palpable de la viabilidad del modelo «smithiano», mientras que las crisis inflacionarias y el endeudamiento que hoy observamos en la mayoría de los países latinoamericanos son evidencia del agotamiento de un modelo de desarrollo esencialmente «mercantilista». Por cierto que para Adam Smth esto no tendría nada de sorprendente. ¿Habremos nosotros aprendido nuestras lecciones? Eso está aún por verse.

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lunes, 26 de marzo de 2012

CONCEPTO DE ECONOMÍA


BREVE HISTORIA DE LA ECONOMIA
¿Por qué la Economía es una Ciencia?  Tradicionalmente se define la Economía como la ciencia que estudia la asignación más conveniente de los recursos escasos de una sociedad para la obtención de un conjunto ordenado de objetivos.
Es una ciencia porque utiliza la metodología científica y así poder llegar a sus resultados y conclusiones. La metodología es una palabra que designa la investigación de los conceptos, teorías y principios básicos de razonamiento de una determinada parcela del saber.
La metodología de la Economía, es la aplicación a la Economía de la filosofía de la ciencia en general. La Economía se dedica al estudio del comportamiento humano y, por tanto, invoca como causas de las cosas a las razones y motivos que mueven a los agentes humanos. Logra proporcionar teorías deductivas rigurosas sobre las acciones humanas. 

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LAS TRES PREGUNTAS CLAVES DE LA ECONOMÍA
No es difícil comprobar que cada país obtiene resultados muy diferentes en cuanto a la administración de sus recursos para satisfacer las necesidades de sus habitantes. Por que nuestro país no lo hace tan bien como Suiza o Estados unidos?. Quien decide como se asignan los recursos?. La mayoría de los habitantes responde que es el Estado.
Solamente en un país comunista el Estado es el que decide como se organizan y administran los recursos de los que dispone una sociedad.

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EL CONCEPTO DE ECONOMÍA

lunes, 19 de marzo de 2012

NECESIDADES BIENES Y SERVICIOS


DEFINICIÓN

Es la ciencia social que estudia la forma de administrar los recursos escasos de la sociedad par la satisfacción de las necesidades ilimitadas del hombre.

LA ESCASEZ

Las necesidades humanas que se pueden satisfacer consumiendo bienes y servicios pueden ser consideradas en el mundo actual como insaciables. La oferta existente de recursos es en su mayor parte, inadecuada en relación con los deseos conocidos de los individuos para mejorar sus niveles de alimentación, vestido, vivienda, escuelas, diversión, vacaciones, etc.; Es suficiente para producir solo una pequeña parte de los bienes y servicios que los individuos deseen. Esto origina uno de los problemas básicos de la economía: LA ESCASEZ.

LAS NECESIDADES

El concepto de necesidades humanas, es decir, la sensación de carencia de algo unida al deseo de satisfacerla es algo relativo, pues los deseos de los individuos no son lago fijo. El dicho "si más tienes, más deseas" parece reflejar fielmente la actitud de los individuos respecto a los bienes materiales. Así pues, el hecho real con el que se encuentra la economía es que, en todas las sociedades, tanto en las ricas como en las pobres, los deseos de los individuos no se pueden satisfacer completamente. En este sentido, bienes escasos son aquellos de los que no hay nunca suficientes para satisfacer los deseos de los individuos.

BIEN ECONÓMICO

Los bienes económicos son aquellos que son útiles, escasos y transferibles. Los bienes libres -como por ejemplo, el aire en condiciones normales- son aquellos de los que hay cantidad suficiente para satisfacer a todo el mundo.

Cuando tratan de conseguir bienes para satisfacer sus necesidades, las personas suelen, normalmente, fijarse unas preferencias. Así, los primeros bienes que se desean son los que satisfacen necesidades básicas o primarias, como la alimentación, el vestido o la salud. Cuando los individuos tienen satisfechas sus necesidades primarias, suelen tratar de satisfacer otras más refinadas, como el turismo, o buscan una mejor calidad de los bienes que satisfacen sus necesidades primarias, como una vivienda mejor, vestidos de determinadas marcas, etc.
Por ello se puede decir que las necesidades son ilimitadas o, de otra forma,  que siempre existirán necesidades en los individuos que no podrán ser satisfechas, aunque solo sea porque los deseos son susceptibles de ser refinados.

Los bienes y servicios también se pueden clasificar en bienes de consumo, cuando se destinan a la satisfacción directa de necesidades o en bienes de capital cuando producen otros bienes. Dentro de los bienes de consumo podemos hablar de bienes durables y no durables. Los primeros no se gastan con el primer uso y permiten un uso prolongado, como por ejemplo, un electrodoméstico. Los segundos se gastan con el primer uso, como por ejemplo, los alimentos.

LOS SERVICIOS

Los servicios son aquellas actividades que, sin crear objetos materiales, se destinan directamente o indirectamente a satisfacer necesidades humanas

El trabajo cuando no esta destinado a la producción de bienes, se canaliza a la producción de servicios. Este puede estar relacionado con la distribución de productos, como el realizado por un agente de ventas; con actividades que satisfacen necesidades culturales, como las realizadas por un escritor o un cantante, o por otro tipo de actos tales como los que constituyen los bancos o compañías de seguros. Estas y otras actividades constituyen lo que llamamos servicios. 




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